DE GRIALES  Y MAGDALENAS Y LEONARDOS

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Resulta curioso que en el S. XXI  los diarios de tirada nacional dediquen parte de su limitado espacio a hablar del Grial. A la publicación de la novela de Dan Brown: “El Código Da Vinci” le ha seguido la visita del Papa Joseph Ratzinger, que realizó el misterio de la eucaristía con la supuesta copa griálica, y ha continuado en los días hasta el  pasado mes de agosto cuando pude leer a un escritor español hablar del Grial y Hitler.

Del tema hay para todos los gustos. El problema nace cuando vamos a la librería – comercio  de cultura- y en las novedades encontramos un 70% de  novelas de enigmas y un 30% de literatura. A mí el hecho empieza a preocuparme. ¿Tantos misterios encierra la historia?, me pregunto. Habrá que ponerse a estudiar, pienso. Y ahí nace otro problema, porque para entender los griales,  las magdalenas  y los Leonardos hay que estudiar lo que esos autores han estudiado. La cuestión esencial reside en el hecho verídico de que los libros de dicha índole se basan en pinturas – no escuelas pictóricas- y pocos en documentos fiables. Su contenido discrepa con los datos que encuentro en la historia de nuestro pensamiento.  Pero claro, mis sentidos están algo menguados por las gafas y sólo puedo leer con claridad e intentar comprender. Puede que esa sea la razón. No soy experta en pinturas.

En mi opinión, el tema del Grial nace en el S.XII como “El cuento del Grial” escrito de la mano de Chrêtien de Troyes. Mal asunto, porque si un cuento ha derivado en un tema real – del que dan fe porque aseguran y afirman y aparece en los diarios y no paran de escribir de él-, mañana puede ser que descubramos la verdad de la Caperucita Roja y sepamos que la moraleja no es que matase al lobo sino el secreto de ser poseedora de la lanza sagrada que le otorgó el poder para resucitar a la abuela. A mí hijo tendré que volver a explicarle el cuento. Suerte que con diez años ya tiene claro que Leonardo Da Vinci hizo y pintó un gran misterio. Todavía no está preparado para comprender el humanismo ni la revolución que el pensamiento de los hombres renacentistas supuso en la época. Pero el cuento de la Caperucita sí lo conoce, así que me será más fácil explicárselo todo.

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En el medievo los mitos orientales, traídos de la mano de los árabes, causaban sensación en Occidente. En Asia, desde la antigüedad, existe una leyenda: Shangrila – puede que en Occidente se le conozca como San Grial o Santo Grial. Sobre él pueden escribirse muchas páginas. Su traducción aproximada es “sitio de paz”. Las religiones orientales postulan este lugar como fuente de su religión. Los misterios que entraña esta extraña tierra son  múltiples. Ha habido personajes históricos que creyeron en su existencia real y fueron en su busca. Se la ubica en el Tibet.

Me pare lógico y coherente entender que la fábula cuando pisó tierra de cristianos en la Edad Media tuviese que modificarse para que el pensamiento católico no la considerase hereje. De ahí que aún hoy la gente no sepa si el Grial es la Esmeralda de Lucifer, la Copa de Cristo o en los últimos tiempos el vientre de María Magdalena, por citar los más representativos. La cuestión es insignificante porque al fin de cuentas sólo tiene un trasfondo: quien llega a Shangrila consigue la inmortalidad. No es un secreto saberlo ni un misterio, los maestros orientales hablan del tema – lástima que muchas de sus obras no se hayan editado en nuestra lengua-. El enigma está en saber dónde está. Pero, claro, en su contexto de mito cobra todo el sentido.

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Sin embargo el enigma de María Magdalena, como madre de la descendencia de Jesucristo, sí me preocupa. Porque si tan seguros están todos los escritores que aseveran decir la verdad en esos libros en los que las editoriales creen hasta el extremo de  llegar a ahogar la literatura que narra historias actuales, su obligación no es decirnos que María Magdalena pudo tener un hijo – la mayoría de las mujeres son fértiles-. El compromiso de esos escritores es demostrar que así fue y no en pinturas, sino en carne. Porque esa descendencia, según ellos, está entre nosotros. La protegieron cátaros, templarios y grandes personajes. Así que sí saben quienes son, ¿por qué no nos lo dicen? Es muy importante, importantísimo para nuestro avance como especie estudiar su sangre, porque, si pensamos en la trascendencia de la historia, nos daremos cuenta que son los descendientes de Dios – Jesucristo- y una mortal – María Magdalena-. ¿Es posible? ¡Vaya teorema filosófico! Suerte que los teólogos lo han ido estudiando a lo largo del tiempo. No puedo referenciar a ninguno, porque pese haber leído muchas novelas del tipo, nadie nombra a ninguno – no sé si los habrán leído.

Así que, sólo me atrevo a decirles que avancen más en su investigación, que ya son un colectivo amplio y pueden ayudarse con el único fin de encontrar esa descendencia que es fruto de una relación divina – inmortal-mortal-; porque tengo pleno convencimiento que los resultados de la analítica ayudarán a la ciencia de nuestros días y a nuestro pensamiento a avanzar en nuestro siglo.

Si el problema surge en la complejidad del mundo actual, seguro que hay familias dispuestas a hacerse las pruebas del ADN. Les ruego que hagan un llamamiento público para  que los científicos puedan hacerles  un hueco, en su apretado trabajo, a favor de un bien de todos. Mientras esperamos impacientes la investigación en el laboratorio, les rogaría que no se precipitasen y aguardaran los resultados para en un único libro conocerlos – mi bolsillo anda justo de dinero y si se editan muchos no podré comprarlos todos-. Pero, por ese bien universal al que apelo, sé que sabrán sacrificar su pluma y escoger al escritor más sagaz y literario para que nos cuente las conclusiones. Mientras, pido a los diarios que han dedicado un amplio espacio al tema, lo mantengan reservado para que todos los ciudadanos, que nos preocupamos por la política, la sociedad, la ciencia y la cultura, sigamos fidedignamente los avances.

Es un lástima pensar que el tiempo de espera será largo – tendrán que encontrar las personas, analizar su sangre, discernir sí son o no-; un trabajo muy duro que estoy convencida estarán dispuestos a costear escritores y editores porque son conscientes del compromiso que implícitamente asumen cuando un lector compra una de esas obras deseando encontrar la verdad. Entre tanto, los que amamos el mundo del libro, tendremos que resignarnos a no poder escoger en la librería un tema de misterio griálico. Me consuela pensar que las editoriales no nos abandonaran y continuarán editando, eso sí, claro, seamos conscientes, obras que sólo serán literatura y puede que hasta hablen de los problemas de nuestro mundo.

Los que confiamos y creemos en que la verdad y el progreso está en la ciencia, en el pensamiento, en la historia y en la literatura, seguro que sabremos sobrevivir.

 

© Dolors de Gual