EGIPTO: EL CIELO DE LOS FARAONES

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Pocos visitantes que llegan a Abu-Simbel pueden quedarse impasibles  ante la magnitud del templo de Ramsés II. Para muchos, es el primer contacto con los vestigios de una enigmática civilización que no deja de sorprender a los estudiosos. Cuatro colosales esculturas del faraón presiden la fachada. Y ante tal esplendor, es fácil preguntarse, ¿quién fue tan grandioso soberano?

Hijo de Sethi I, Ramses II  subió al trono a los veinticinco años. Recibió los nombres de: “Sol de todos los países", "Imagen perfecta de Ra" y "Glorioso sol de Egipto”. A partir de entonces su vida se convierte en la  de un dios- rey. Educado desde niño para gobernar asume el poder del Alto y Bajo Egipto y dedica todos sus esfuerzos a recuperar las fronteras de la época de Tutmosis. A principio de su reinado construye el templo de Riamsese-Meryamun más conocido como Abu Simbel. Traslada  la capital del Imperio desde Tebas hasta Tanis, en el delta, a fin de situar la residencia real cerca del punto de mayor peligro para el imperio, la frontera con Asia. Ordena la construcción de un gran templo en Luxor dedicado a Amón Ra. Inicia la edificación del Ramesseum, en la colina de Sheij abd el Gurnah. En el cuarto año de su reinado da comienzo la expedición contra los hititas. Instaura su hegemonía en Libia y Nubia. Ramsés dedicará doce años a reconquistar el imperio asiático y africano.

Sus 67 años en el poder le permitieron tener no menos de ocho esposas e innumerables concubinas por lo que su descendencia superó el centenar de hijos.

Ramsés II, apodado “el Grande” muere en el año 1235 a. C. es enterrado en una sencilla y mal ubicada tumba del Valle de los Reyes, actualmente identificada como la KV7, que durante siglos se ha visto castigada con numerosas inundaciones y ya en la antigüedad tardía fue desvalijada. La mayoría de los egiptólogos admiten que originalmente se accedía a la última morada del faraón por un corredor correspondiente a los “cuatro pasos del dios” que daba acceso a la sala donde el difunto se encontraba con las divinidades y conducía al aposento de los carros que debían ser utilizados por Ramsés para combatir a sus enemigos y desplazarse en el más allá. El recorrido debía continuar hasta  habitación donde se realizaba la “apertura de boca” y terminaba en la  “sala de la Regla” donde una puerta da acceso a la “morada del oro” en cuyo debía depositarse el sarcófago del rey.

Sabedores de la grandeza de sus empresas y de su afán de posteridad es fácil preguntarse: ¿por qué el Gran Ramsés no hizo construir, por sus sabios maestros de obras, la más suntuosa de las tumbas? ¿Desconocía que las aguas y los corrimientos de  tierra la devastarían?

La muerte, que era aceptada como fin de la existencia terrenal y principio de vida eterna, era la portentosa razón que regía la vida de los antiguos egipcios. El faraón creía que su tránsito terrenal le conduciría al cielo y, tal y como consta en el Libro de los muertos, resucitado recorrería el firmamento para asignar a los padres las almas de las generaciones futuras. “Yo hablaré con el Disco Solar y con los Seres de Luz”, nos dice el libro sagrado de los egipcios. Así pues, sabemos que tras su muerte, el difunto esperaba situarse en un lugar del firmamento para acompañar al Sol en su tránsito diario, o sea, aspiraba a convertirse en una estrella. Sin embargo, por el culto que rendían al tratamiento momificado del cuerpo sabemos que la relación Tiera- Cielo se consideraba eterna e indisoluble, pensamiento que vuelve a levantar la pregunta de ¿por qué el magnánimo Ramsés II  se conformó con un tumba arquitectónicamente mala? Tal vez no fue así. Puede que sólo los ojos que miren la sepultura como ubicación terrenal sean capaces de considerarla de tal manera, pero, si levantamos la vista, es posible ver  brillar con gran fuerza la estrella de Ranses II.

Hablar de tránsito estelar es hacerlo del zodiaco. Poco se ha escrito sobre los egipcios y su relación con las doce constelaciones en comparación con la amplia bibliografía que puede encontrarse sobre otros temas puntuales de esta enigmática cultura.

En 1822, veinte años después de su descubrimiento, llega a París el que, a partir de ese momento, será considerado como el más antiguo del mundo: el Zodiaco  de Denderah. Fue descubierto en el templo de Hathor construido durante la época ptolomeica y finalizado en tiempos de Nerón, pero sobre la base de otro templo mucho más antiguo. Por estado de las constelaciones, la datación  podría coincidir con el 50 a.C., aunque también existiría la posibilidad de que el Zodíaco de Denderah se realizara en el año 30 a. C, y hasta que fuera mucho más antiguo, pudiendo haber sido importado de Mesopotamia.

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En él pueden observarse las doce constelaciones helénicas.

Y es posible preguntarse, ¿pudieron los egipcios querer dibujar un planisferio celeste en la tierra?

Si así hubiera sido, sólo un enclave tendría la respuesta: el Valle de los Reyes, lugar sagrado donde eran enterrados los faraones, y que no deja de plantear serios enigmas.

Durante cinco siglo y tres dinastías, las XVIII, XIX; XX, de 1552 a 1069 a.C., el Valle se utilizó para albergar las momias de los soberanos y altos dignatarios del Imperio. Según parece, Tutmosis I,(1506-1493 a.C.), fue el primer faraón que hizo excavar su tumba en este enclave, y Ramsés XI ( 1098-1069 a.C.) el último. Debe tenerse en cuenta que el término “tumba” no puede ser interpretado como mausoleo o lugar de peregrinación, muy al contrario, para los antiguos egipcios era el espacio donde debía producirse la transformación por lo que puede equiparase más a laboratorio secreto destinado a producir la inmortalidad y no como sitio  de culto.

Está escrito en la “Tabla Esmeralda” de Hermes Trismegisto – el dios Toth de los egipcios”: “Es verdad, sin mentira, cierto y muy verídico, lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para cumplir los milagros de una sola cosa”.

Así pues, los egipcios entendían que cualquier manifestación terrenal tenía su homólogo en el cielo y viceversa.

Sabedores de que los faraones vivían con el pleno convencimiento que tras su muerte brillarían en el cielo acompañando al astro sol, no es ninguna ilusión suponer que su tumba debía ocupar un lugar estelar.

Aplicando la cosmología sobre un plano a escala real del  Valle de los Reyes, sorprende descubrir que pueden ser preproducidas las constelaciones zodiacales. La Tumba de Ramsés II deja de parecernos la peor de todo el territorio para pasar a convertirse en la única necesaria para conformar los grupos de estrellas.

 

Constelación de Acuario

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Constelación de Cáncer

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Constelación de Tauro

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Constelación de Leo

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Constelación de Virgo

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Constelación de Aries

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Sin duda, Egipto aún guarda bajo sus arenas grandes enigmas que, al ser revelados, no hacen sino afianzar la idea de la grandeza de su antigua civilización.

©Dolors de Gual