CUBA BRUJA

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Cuba luce con orgullo el encanto de sus gentes. Pasear por las calles de la Habana es permitir que se detenga el tiempo. Entre edificios desconchados, medio en ruinas, la vida fluye como un  torrente de risas, cantos y aguardiente. El calor mengua el buen hacer diurno. Mujeres y hombres se sientan en los portales al resguardo de su sombra. Al pasar junto a las casas, es posible percibir el aroma de un plátano tostón dorándose en alguna sartén. Las horas no importan Los niños cambian sus juegos de chapas por la cotidiana costumbre de pedir un dólar al turista. “Dios le bendiga”, suelen exclamar mientras guardan el codiciado billete en el bolsillo.  En rincones apartados la magia está presente. Restos de velas prendidas, flores marchitas que sirvieron de ofrenda, marcas de un dulce del que los perros dieron cuenta, una cinta roja y  hasta puede que restos de sangre de algún pollo que se ha entregado. En Cuba, nada ocurre porque sí. Lo malo es mano del diablo; lo bueno es obra de Dios. A las Iglesias asisten las comadres con sus muñecas engalanadas con vistosos abalorios. “La muerta quiere oír misa”, reconocen con la simple naturalidad del convivir con los espíritus.

A partir de las seis de la tarde, cuando el calor decae, las mujeres se afanan en sus tareas. Es fácil encontrar a quién, bacinilla en mano, limpia la puerta de su casa con orín. Si se le pregunta, reconocerá con naturalidad que el brujo le ha hecho un trabajo por encargo de un mal querer que envidia su suerte. ¿Pero quién es el brujo?

Brujo, Mayombero, Palero o Rayado todos los nombres señalan al practicante de la religión Conga. Su poder es reconocido y temido. Puede cambiar el destino, domina las fuerzas ocultas y su muerto trabaja con tal prontitud que es capaz de enfermar a quien designe hasta causarle la muerte.

La casa del mayombero es sencilla como la que más en Cuba. Dedica su mejor estancia a la Nganga o caldero donde vive el espíritu que trabaja para él. La pulcritud y el orden no le preocupan. Figuras, cubiertas de hilillos de sangre seca , saludan al invitado. Son los Guerreros Brujos, Zarabanda, Lucero y todos los Mpungus. Sabedor de su poder asegura que la vida del consultante cambiará después de que la  Naganga dé su parecer sobre el problema. No es adivino ni puede predecir el futuro. Se considera un intermediario entre el más allá y nuestra tierra. “Todo tiene solución”, dice convencido, “Nsambi, todo lo puede. Nsambi arriba, Nsambi abajo, Nsambi a los cuatro costados”. Habla de Dios, al que respeta como Sumo creador, dueño de la vida y de la muerte. Ejerce de Juez en la Tierra y en el Cielo. Por su Gracia él puede interceder en los problemas mundanos. El brujo es el gran sanador. Sabe cómo expulsar los espíritus que causan daño y devolver la salud a quien la persiga. Es Tata Nganga – máximo sacerdote congo-, su casa es casa de palo, llamada Casa Mundo, sus ahijados innumerables. Le ayuda en sus funciones los Mayordomos y la madrina de la Nganga; luego están los criados que montará el Fumbi – muerto-. Los criados o adeptos  deben ser presentados a la Prenda después de tomar kimbisa- bebida compuesta de aguardiente, pimienta pólvora, nuez moscada, clavo, ají, ajo y canela-  y han de  cruzar tres veces por delante de la Nganga para saludar al  espíritu del muerto. Después, se les cortará un mechón de pelo y se introducirá en el Caldero, pero no serán iniciados, se les denominará moamas hasta que sean rayados.

Jurar Nganga es sinónimo de comenzar el camino y abrazar la religión conga. El adepto debe morir simbólicamente para renacer en la nueva fe. El hombre o la mujer que jura Nganga cierra un pacto con los muertos. El rito de admisión comienza a las doce del medio día y se prolonga durante siete días consecutivos, en los que, el nuevo miembro, deberá bañarse en agua de rompezaragüey y palo guara. Transcurrido el tiempo de purificación, con ayuda del Padre Nganga, la Madrina y el Mayordomo, el moama preparará el juramento. El Tata quemará pólvora para dar salida al rito; el neófito se arrodillará delante de la Nganga con el torso desnudo y la cabeza cubierta por una gorra negra atravesada  por una cruz roja. Con una navaja, el sacerdote marcará siete cruces en su cuerpo mientras entona el canto:

“Mbele Nganga vamo cóta

Mbele Nganga vamo cóta

Vamo ya ete Mbele Nganga

Manilo vamo a cóta”

(Machete de la Nganga, vamos a cortar; machete de la Nganga, dale que corta; vamos ya, este machete es de la Nganga:Manito, vamos a cortar).

 

La sangre derramada por el iniciado es ofrecida a la Prenda mientras la Madrina y el Mayordomo cantan:

“Sambia arriba Sambia abajo

Licencia Sambi Awere sorinda

Sorinda awere licencia Sambie

Tata Legua dio licencia

Pa jurá nkisa, pa jurá mpembe

Juran kivi malongo. Sambi dio licencia.”

(Dios arriba, Dios abajo, con licencia de Dios, en el día de hoy; en el día de hoy con licencia de Dios el Padre Eleggua dio permiso para jurar ante el espíritu, para jurar ante la vela; para jurar ante el espíritu que vive en la Nganga, Dios me dio permiso).

Debe ofrecerse un gallo para que la prenda reciba su sangre. El corazón se reparte entre el Padrino, la Madrina, el Mayordomo y el iniciado, que de forma simbólica reconocen ser cuatro pero un solo corazón.

Después, comienza el banquete. Las mejores viandas llenan la mesa. El ron corre de vaso en vaso. En el transcurso de la fiesta, un trozo de ropa del nuevo mayombero será enterrado en el cementerio entre siete y veintiún días. Pasado este tiempo se recuperará y nuevamente se presentará delante de la Nganga, pero ahora se invocará al espíritu que ha de acompañar al Palero el resto de su vida. El pacto quedará sellado. Un nuevo brujo habrá nacido. Podrá recibir consultas, siempre habrá quien acuda a él en busca de solución a sus problemas.

El mayombero asiste en su trabajo con naturalidad. Toma cuatro trozos de cáscara de coco y tras golpear el piso tres veces pronuncia: “Nsala Maleko, Maleko Nasala” y la puerta de comunicación con el mundo intangible se abre para escuchar sus preguntar. Lanza los cocos al aire y lee las respuestas. Nada hay que no sepa la Naganga. Dirá la solución para que lo enemigos se recojan, para que el amor perdido regrese con pasión, para que el dinero llene los bolsillos, las penas se alejen y la salud se recupere. Con toda seguridad, exigirá un trabajo.  Puede que un collar de cuentas rojas y negras, o una ochaba sean el arreglo de los males. Sólo el brujo podrá realizar las exigencias, pero su precio lo impondrá la prenda. De ahí que los congos no entiendan de ricos ni pobres. El espíritu sabe cuánto puedes pagar. Nunca pedirá más de tus posibilidades. Hasta el sacerdote entrega. En la tierra donde se recojan las plantas o palos se dejarán monedas, lo mismo se hará en el río, en el mar o en el cementerio. El Palero reconoce el entono como propio y ajeno a un mismo tiempo. Entiende que todos los espacios tienen un dueño y se le brinda respeto con un pago aunque sea sólo simbólico y sin valor material. Se domina y se teme. Todo cuanto acontece tiene una razón de ser y puede ser cambiado. Su conducta, su forma de vida y hasta sus costumbres las dedicará a  su religión.

Es el mundo de una Cuba que cree en el más allá, teme el poder de los espíritus y se engalana para vivir sus fiestas. Rica en espiritualidad, trasciende el Océano y se planta en la Península.

Tata Nganga Mansa Cholan vive en España.  Es un palero cumplidor de sus obligaciones. Nos recibe vestido de blanco, con la cabeza cubierta por un pequeño bonete. Sus espléndidos ojos azules invitan a confiar en él. Con satisfacción nos lleva hasta la habitación de la Nganga.  No parece que nos hayamos trasladado de continente. Casi la misma estampa de santuario que en Cuba. La Prenda, colocada en un antiguo gallinero, se nos presenta rodeada de los Mpungos. Mansa Cholan se descalza, saluda en lengua conga y empieza a preguntar a los espíritus. Cuando termina enciende una vela y la planta erecta en el suelo mientras pronuncia: “tondelé”.

“Aquí no se conoce el Palo”, nos confiesa entristecido, “pero el Palo lo puede todo”. ¿Es tal la fuerza de esta religión que es capaz cambiar el destino de sus fieles? “Todo tiene un camino”, nos dice el Tata, “pero hay que saber cuál es”.

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Los misterios de Palo Mayombe son muchos y difíciles de descubrir.  Cuba, tan lejana y próxima, nos enriquece y sorprende.

 

© Dolors de Gual